No podría calcular cuantas partidas jugarían en su vida, seguro que alguna más cae todavía.
Las grandes palizas que en los comienzos encajaron, fueron dejando paso a tímidos triunfos y llegaron a convertirse en sonoras victorias.
Se entendían bien y les gustaba jugar juntas, una siempre en la delantera y la otra, portera. Sin hacer grandes filigranas daban un efecto a la bola que desesperaba a muchos contrincantes, por su eficacia. Pasaban noches enteras sin moverse del futbolín, mientras los adversarios pasaban unos tras otros, filas de monedas en los dos bordes de la mesa intentando sacarlas de allí. Cuando perdían, ponían la moneda de inmediato, dedicándose a examinar el juego de los participantes, hasta que les tocaba el turno de nuevo. Se divertían descargando el exceso de energía, que en aquellos años rebosaban, risas y complicidad hacían del reto un deleite y el buen rollo del ambiente era ya, de por si, un divertimento.
No sabría decir cuantas.
Seguro que alguna más caerá.
jueves, 31 de marzo de 2011
miércoles, 30 de marzo de 2011
El hombre tranquilo
Hay veces que la gastada palabra "Amor" adquiere sentido.
No podría vivir sin esas carcajadas que provoca con intención y con acierto, deshaciendo las tensiones como si las disolviera en agua.
Como prescindir de su calma, que aún el los peores momentos consigue envolvernos y transmitirnos serenidad.
Que decir del cariño, que sin teatros ni frases hechas, es capaz de hacer sentir a los que de verdad quiere, calor y complicidad.
El encanto de su rubor cuando piropeo sus tremendos ojazos verdes, su mirada felina y que contrasta con lo espontaneo de sus palabras cuando sin ningún pudor me describe sus intenciones, su deseo. Entonces, la que me sonrojo soy yo.
Amigoveinticuatroamantecomplicecuatromaridodosyasequedecirtequieroteesmásdificilquedemostrarloylaverdadesqueyoloprefierovaquero.
No podría vivir sin esas carcajadas que provoca con intención y con acierto, deshaciendo las tensiones como si las disolviera en agua.
Como prescindir de su calma, que aún el los peores momentos consigue envolvernos y transmitirnos serenidad.
Que decir del cariño, que sin teatros ni frases hechas, es capaz de hacer sentir a los que de verdad quiere, calor y complicidad.
El encanto de su rubor cuando piropeo sus tremendos ojazos verdes, su mirada felina y que contrasta con lo espontaneo de sus palabras cuando sin ningún pudor me describe sus intenciones, su deseo. Entonces, la que me sonrojo soy yo.
Amigoveinticuatroamantecomplicecuatromaridodosyasequedecirtequieroteesmásdificilquedemostrarloylaverdadesqueyoloprefierovaquero.
lunes, 28 de marzo de 2011
Celos
Cruel enfermedad.
Fueron malos tiempos, años llenos de amargura con los que todavía me desvelo alguna noche. Al principio mi cabeza luchaba contra lo que mis sentidos le decían, no entendía que la cobardía pudiera alcanzar esas cotas de maldad. Pero el cerebro tubo que aceptar ante la evidencia que se hacía cada día más certera, más dañina. Mi cuerpo sufrió con dureza el caos interior, perdiendo una cantidad alarmante de peso y marcando con profundidad las lineas de mi rostro, en especial las oscuras bolsas que se instalaron bajo mis ojos. Era una lucha brutal entre el no dejarse vencer y el estar vencida por completo. La angustia y el llanto dentro, desgarrando las tripas. La responsabilidad fuera, arrancando las sonrisas.
Ahora, desde la distancia que da el tiempo, en ocasiones me recrimino la desidia que me enterró bajo el fango y complicó la batalla haciéndola más larga de lo necesario. Aprendí la lección, o eso creo, de lo importante que es atajar cuanto antes algunas situaciones.
Pero lo logré, no sólo salí del laberinto donde me perdía, además, le saqué a él de mi vida no dejando que me hiciera más daño. A él y a sus enfermizos celos.
Y la vida siguió y recompensó con creces el sufrimiento trayendo la calma y la alegría de nuevo. Y me uní al hombre que me enseña cada día lo que es amar de verdad, a todas horas, cada minuto. Mi adorado Hombre Tranquilo...
Fueron malos tiempos, años llenos de amargura con los que todavía me desvelo alguna noche. Al principio mi cabeza luchaba contra lo que mis sentidos le decían, no entendía que la cobardía pudiera alcanzar esas cotas de maldad. Pero el cerebro tubo que aceptar ante la evidencia que se hacía cada día más certera, más dañina. Mi cuerpo sufrió con dureza el caos interior, perdiendo una cantidad alarmante de peso y marcando con profundidad las lineas de mi rostro, en especial las oscuras bolsas que se instalaron bajo mis ojos. Era una lucha brutal entre el no dejarse vencer y el estar vencida por completo. La angustia y el llanto dentro, desgarrando las tripas. La responsabilidad fuera, arrancando las sonrisas.
Ahora, desde la distancia que da el tiempo, en ocasiones me recrimino la desidia que me enterró bajo el fango y complicó la batalla haciéndola más larga de lo necesario. Aprendí la lección, o eso creo, de lo importante que es atajar cuanto antes algunas situaciones.
Pero lo logré, no sólo salí del laberinto donde me perdía, además, le saqué a él de mi vida no dejando que me hiciera más daño. A él y a sus enfermizos celos.
Y la vida siguió y recompensó con creces el sufrimiento trayendo la calma y la alegría de nuevo. Y me uní al hombre que me enseña cada día lo que es amar de verdad, a todas horas, cada minuto. Mi adorado Hombre Tranquilo...
Pose
Esa seguridad que siempre le acompañaba no era más que fachada. Detrás de ella se escondían bisoñez y escasa personalidad. Representaba una puesta en escena bien estudiada, comportamiento desenfadado e indómito que acompañado de un físico imponente, fascinaba a las mujeres.Sólo hizo falta una proposición directa para romperle sus esquemas.
Pasados cinco años, todavía se pone nervioso al verla.
Ella, burlona, se regocija.
viernes, 25 de marzo de 2011
El armario
Rebuscaba dentro, segura de que tenía que estar ahí. Enseguida se topó con la autocompasión Bufff esto me queda fatal la apartó a un lado y continuó. Fue encontrando cantidad de espantosas prendas que no usaba hacía tiempo, depresión ¡con lo que engordé desde que me la ponía! , llanto bueno, para andar por casa , angustia na, iba a conjunto con la depresión , optimismo ¡que bien! me vendrá de perlas , envidia ¿para que guardaría esto? , desidia, rabia, revancha, inseguridad, cobardía que pila de mierda ocupando espacio . Cogió todo lo que no quería y lo metió en una gran bolsa negra. Ahora el armario se veía despejado y... ¡premio! allí estaba, como nuevo, lo había usado mucho pero se mantenía en perfectas condiciones, buen humor. Lo sacó para lavarlo y tenerlo a punto. No se lo piensa quitar en mucho tiempo, con él se va a enfrentar a lo que se avecina.
jueves, 24 de marzo de 2011
Que decir...
Era un pueblo pequeño, como casi todos peculiar, donde pasábamos algunos días en verano. Sol y montaña para secar de la humedad del mar. La cuestión es que cada año, y fueron muchos, alguna anécdota curiosa iba sumando recuerdos.
Una noche volviendo a la casa vimos que había alguien durmiendo en el coche de la vecina. Al pasar junto a él nos dimos cuenta de que era el novio de una de las hijas de esta. Creímos que estaba descansando la borrachera y picamos en la empañada luna, más que nada para cerciorarnos de que se encontraba bien. Nos dijo que no necesitaba nada, aunque quizá le hubiera venido bien una manta, pues tiritaba tapado sólo con su cazadora. Intentamos convencerle de que entrara en la casa, por que los amaneceres de alta montaña son heladores. Tanto insistimos, que nos terminó confesando que su suegra no le dejaba pernoctar dentro para evitar los comentarios en el pueblo, al no estar casados no era prudente que durmieran en la misma casa. La carcajada fue sonada y en un principio pensamos que nos estaba tomando el pelo, pero no, era verdad de la buena. Aunque lo intentamos no conseguimos que viniera con nosotros a dormir.
Al día siguiente era la comidilla de todo el pueblo, ya se sabe lo que corren las noticias en estos sitios. La suegra se enfadó de tal manera, que en todo el año no dejó que volviera con ellos. ¡ A ver que iba a decir la gente !.
Una noche volviendo a la casa vimos que había alguien durmiendo en el coche de la vecina. Al pasar junto a él nos dimos cuenta de que era el novio de una de las hijas de esta. Creímos que estaba descansando la borrachera y picamos en la empañada luna, más que nada para cerciorarnos de que se encontraba bien. Nos dijo que no necesitaba nada, aunque quizá le hubiera venido bien una manta, pues tiritaba tapado sólo con su cazadora. Intentamos convencerle de que entrara en la casa, por que los amaneceres de alta montaña son heladores. Tanto insistimos, que nos terminó confesando que su suegra no le dejaba pernoctar dentro para evitar los comentarios en el pueblo, al no estar casados no era prudente que durmieran en la misma casa. La carcajada fue sonada y en un principio pensamos que nos estaba tomando el pelo, pero no, era verdad de la buena. Aunque lo intentamos no conseguimos que viniera con nosotros a dormir.
Al día siguiente era la comidilla de todo el pueblo, ya se sabe lo que corren las noticias en estos sitios. La suegra se enfadó de tal manera, que en todo el año no dejó que volviera con ellos. ¡ A ver que iba a decir la gente !.
miércoles, 23 de marzo de 2011
El puente grua
Nada más entrar, a las seis de la mañana, le pusieron en la mano la vieja y destartalada botonera. Las pocas explicaciones para su manejo le parecieron sencillas en un principio. Su carácter había provocado el que terminara allí, era un castigo y no iba a arrugarse. Cogió el mando con fuerza y práctico unos segundos, el balancín imantado que controlaba tenía demasiados años para cometer torpezas y era necesario moverlo con suavidad.
El jefe de equipo hizo su entrada. Con aires de superioridad recorrió los pasillos hasta llegar a su puesto de mando. Era un hombre tosco y desagradable, que descargaba su frustración gritando y humillando a sus subordinados.
Una vez en los puestos, empezó la jornada. Los cuatro puentes grúa con los que contaba el taller cobraron vida y las enormes chapas de acero volaban de un lado a otro de la nave.
Su mano temblaba, pero apretó los dientes y comenzó a mover la grúa en dirección al camión que tenía que cargar. Sentía las miradas clavadas y las risillas burlonas de sus compañeros. Los gritos del jefe de equipo se mezclaban con los ruidos ensordecedores de las cortadoras de plasma y, envuelto entre el rojizo humo que desprendían, su silueta parecía diabólica.
Al parar la grúa, la inercia hizo que la chapa de 600cm de largo empezara a balancearse como si fuera un columpio. Respiró hondo y apretó el botón de bajada hasta que el acero tocó suelo.
Los histéricos chillidos del jefe perforaban sus oídos. Intentó replicar aludiendo a su falta de experiencia y a el hecho de no contar con el pertinente cursillo, pero no sirvió de nada. Aguantó como pudo la bronca, sin dejar de mirarle a la cara ni un momento. Precisamente por revolverse estaba en esa situación. La sucesión de blasfemias y gestos despóticos todavía seguía cuando cogió de nuevo la botonera, subiendo el balancín.
El envejecido mando falló desconectando el imán y la chapa cayó con fuerza encima del pie del acalorado jefe de equipo. Un aullido desgarrador dejó en silencio el taller. Cuando clavó la mirada en los ojos del culpable, emanando rabia por todos sus poros, su gesto cambió por completo. El brillo de malicia que vio en ellos le dejó desconcertado.
Tres meses después volvió al taller cojeando todavía. Como era habitual en él, gruñía dando ordenes a todos los presentes. Al toparse de frente con la causante de su lesión tensó el semblante mirando con desprecio, pero moderó el tono y el volumen de sus palabras.
En los nueve meses que estuvo allí, hasta que el fin de su contrato le llevó a aumentar la lista del paro, no le levantó la voz ni una sola vez más.
El jefe de equipo hizo su entrada. Con aires de superioridad recorrió los pasillos hasta llegar a su puesto de mando. Era un hombre tosco y desagradable, que descargaba su frustración gritando y humillando a sus subordinados.
Una vez en los puestos, empezó la jornada. Los cuatro puentes grúa con los que contaba el taller cobraron vida y las enormes chapas de acero volaban de un lado a otro de la nave.
Su mano temblaba, pero apretó los dientes y comenzó a mover la grúa en dirección al camión que tenía que cargar. Sentía las miradas clavadas y las risillas burlonas de sus compañeros. Los gritos del jefe de equipo se mezclaban con los ruidos ensordecedores de las cortadoras de plasma y, envuelto entre el rojizo humo que desprendían, su silueta parecía diabólica.
Al parar la grúa, la inercia hizo que la chapa de 600cm de largo empezara a balancearse como si fuera un columpio. Respiró hondo y apretó el botón de bajada hasta que el acero tocó suelo.
Los histéricos chillidos del jefe perforaban sus oídos. Intentó replicar aludiendo a su falta de experiencia y a el hecho de no contar con el pertinente cursillo, pero no sirvió de nada. Aguantó como pudo la bronca, sin dejar de mirarle a la cara ni un momento. Precisamente por revolverse estaba en esa situación. La sucesión de blasfemias y gestos despóticos todavía seguía cuando cogió de nuevo la botonera, subiendo el balancín.
El envejecido mando falló desconectando el imán y la chapa cayó con fuerza encima del pie del acalorado jefe de equipo. Un aullido desgarrador dejó en silencio el taller. Cuando clavó la mirada en los ojos del culpable, emanando rabia por todos sus poros, su gesto cambió por completo. El brillo de malicia que vio en ellos le dejó desconcertado.
Tres meses después volvió al taller cojeando todavía. Como era habitual en él, gruñía dando ordenes a todos los presentes. Al toparse de frente con la causante de su lesión tensó el semblante mirando con desprecio, pero moderó el tono y el volumen de sus palabras.
En los nueve meses que estuvo allí, hasta que el fin de su contrato le llevó a aumentar la lista del paro, no le levantó la voz ni una sola vez más.
lunes, 21 de marzo de 2011
La ola perfecta
Había remado mucho, el incesante venir de las olas le hacían avanzar muy despacio. Finalmente se colocó en el sitio elegido y esperó su oportunidad, la ola perfecta.
Dejó pasar unas cuantas, hasta que en el horizonte apareció la que añoraba, la ola perfecta. Cuando estuvo bajo él y sintió como le elevaba, empezó a remar de nuevo, rápido, con fuerza.
Una vez en la cresta tomo impulso y de un salto se puso de pie en la tabla. Esa era, sin duda, la ola perfecta. Sintió la velocidad en su cuerpo, la espuma y el aire acariciaban su cara, volaba. Los movimientos de su cadera dibujaban eses en la pared vertical de agua.
Dejó pasar unas cuantas, hasta que en el horizonte apareció la que añoraba, la ola perfecta. Cuando estuvo bajo él y sintió como le elevaba, empezó a remar de nuevo, rápido, con fuerza.
Una vez en la cresta tomo impulso y de un salto se puso de pie en la tabla. Esa era, sin duda, la ola perfecta. Sintió la velocidad en su cuerpo, la espuma y el aire acariciaban su cara, volaba. Los movimientos de su cadera dibujaban eses en la pared vertical de agua.
Su tabla llegó a la arena impulsada por la resaca. Él no volvió, lo dejó toda para irse con ella, su deseada ola perfecta.
¿ Sexo ?
![]() |
| Sexo sin sexo |
Yo se que es verdad, su educación ha marcado unas pautas muy estrictas y jamás piensa en ello. Creo que tampoco quiere, le resulta doloroso y sucio, para ella era una obligación más de las muchas que tenía establecidas en su rutina. Ahora ya, ni eso.
No es el día
Intento escribir. Un montón de ideas se amontonan en mi cabeza.
Ruido por todas partes. La televisión retransmite un partido de tenis, muy interesante para quien lo está viendo. Mi hija practica en su habitación con la flauta. (Le agradezco al ministerio su idea de incluir este apasionante instrumento en la educación de nuestros hijos, seguramente le servirá en un futuro).
Suena el teléfono y como están tan ocupados, lo cojo yo. Mi madre me pregunta como tiene que poner la alarma del teléfono móvil, todo un desconocido para ella, le explico los pasos y decido dejar el ordenador un rato.
Igual no es el momento.
Voy a la cocina y me preparo un café. Cuando lo estoy saboreando me doy cuenta de que la calma ha vuelto a la casa. La flauta ha dejado de sonar. Me asomo al cuarto y veo que el partido ha terminado.
Ahora...
Me siento de nuevo frente al ordenador y empiezo a escribir, no llevo ni diez palabras cuando mi hija se acerca a preguntarme por la cena. Miro de reojo a mi marido que se levanta y se lleva a la niña a la cocina.
¡ Bien !
Me vuelco de nuevo en mi relato. Esbozo tres lineas cuando vuelve la niña protestando, como no, por que no le gusta la cena de hoy. Intento no darle importancia y sigo a lo mio, pero detrás viene mi marido harto de discutir por el menú de noche.
Apago el ordenador, hoy no es el día.
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| Juan Francisco Casas (dib. a boli) |
Suena el teléfono y como están tan ocupados, lo cojo yo. Mi madre me pregunta como tiene que poner la alarma del teléfono móvil, todo un desconocido para ella, le explico los pasos y decido dejar el ordenador un rato.
Igual no es el momento.
Voy a la cocina y me preparo un café. Cuando lo estoy saboreando me doy cuenta de que la calma ha vuelto a la casa. La flauta ha dejado de sonar. Me asomo al cuarto y veo que el partido ha terminado.
Ahora...
Me siento de nuevo frente al ordenador y empiezo a escribir, no llevo ni diez palabras cuando mi hija se acerca a preguntarme por la cena. Miro de reojo a mi marido que se levanta y se lleva a la niña a la cocina.
¡ Bien !
Me vuelco de nuevo en mi relato. Esbozo tres lineas cuando vuelve la niña protestando, como no, por que no le gusta la cena de hoy. Intento no darle importancia y sigo a lo mio, pero detrás viene mi marido harto de discutir por el menú de noche.
Apago el ordenador, hoy no es el día.
domingo, 20 de marzo de 2011
P á n i c o
Recuerda aquel día, paso miedo, miedo intenso. Nada que ver con las pesadillas o los malos momentos que su imaginación le había hecho pasar en su niñez.Miedo paralizante de ese que hace latir el corazón desbocado y afloja los músculos dejándolos sin fuerza. Por el que sudas frío y tragas saliva convulsivamente. El que no te deja pensar con claridad y pone titubeo en las palabras.
Ahora le resulta cómico, no entiende su reacción. Pero esa sensación se quedó grabada en su mente.
Nunca lo ha vuelto a sentir. Ni quiere.
Pero eso, no es una elección.
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